• FM LATUCUMANA 95.9
  • "Lo primero que recuerdo es a mi madre rezando al lado mío": el milagro y la resurrección de Gonzalo Robles

    Un gravísimo accidente en auto lo dejó en coma inducido e internado en el Hospital Padilla. El próximo 7 de marzo nadará diez kilómetros en aguas abiertas. ¿Cómo hizo? Una historia de fe y superación. | Por Alfredo Aráoz

    Gonzalo.

    “Cuando abro los ojos, mi madre está sentada al lado mío y está rezando. Le pregunto qué ha pasado y me dice: ‘Hijo, tuviste un accidente muy grave. Necesitamos un milagro. Tenemos que rezar porque necesitamos un milagro’”.

    Gonzalo Robles había salido a trabajar en el auto de la empresa cuando un camión lo encerró y, a 160 kilómetros por hora, chocó: “Iba muy rápido, me encerró un camión y volqué. Sufrí una lesión medular y quedé cuadripléjico”.

    Cuatro meses en coma inducido estuvo Gonzalo Robles y un año completo en la terapia intensiva del Hospital Padilla. Ahí, entre otros pacientes internados que luchaban por su vida, la madre de Gonzalo rezaba.

    “Cuando mi madre me termina de decir que rece, que yo rece porque necesitábamos un milagro, yo le respondí sin pensar: ‘Pero mamá, el milagro ya está hecho: estoy vivo’. Eso le dije a mi mamá, pero ella insistió: ‘Sí, Gonza, pero lo mismo vos rezá’”, recuerda hoy, a 16 años del accidente.

    La insistencia de la madre de Gonzalo en rezarle a Dios tenía un motivo claro: los médicos le habían dicho que su hijo no iba a caminar más, que iba a quedar postrado para toda la vida en una cama.

    Conectado a un suero con nubaina, un derivado de la morfina, para aliviar el dolor, Gonzalo le decía a su mamá (una mujer de fe, catequista de toda la vida de la Parroquia Inmaculada Concepción) lo siguiente: ‘No puedo, mamá. No puedo rezarle a Dios. Ya me dio tanto y nunca pude agradecerle. Me da vergüenza pedirle ahora’”.

    Fue en ese entonces que la madre de Gonzalo, en la terapia intensiva del Hospital Padilla, le sugirió: “Le pidamos a la Virgencita, entonces. Ella sabe cómo sos. Ella sabe lo que sos. Ella te quiere así”. 

    Gonzalo le hizo caso a su madre y comenzó a rezarle a la Virgen que ahora lleva tatuada en la piel y también en una imagen de plata que le entra en la palma de la mano. Fue en ese momento que Gonzalo tuvo una aparición: “Vi a la Virgencita. Ella me buscó, me miró con ternura, y me miró con amor. Supe en ese momento que estaba en presencia de ella. Vi cómo ella se dio la vuelta y supe que en ese momento la tenía que seguir”. 

    Gonzalo, antes del diagnóstico médico, ya había tenido una experiencia extrasensorial: “Cuando choqué, tuve un desprendimiento y me vi a mí mismo tirado en el pavimento”.

    Pero fue la experiencia con la Virgen de la Medalla Milagrosa la que comenzó a cambiarle la vida: “Luego de que se diera vuelta, Ella me guió al Jesús de la Divina Misericordia. Era un Jesús inmenso al que le salían dos rayos blancos del pecho. Cuando sentí la presencia de Jesús, yo no podía levantar la mirada para verlo, no me sentía digno. Fue entonces que me dijo: ‘La vida va a quebrar todos tus huesos, va a desgarrar todos tus músculos, la vida va a estresar tu mente y va a lastimar tu corazón. En ese momento buscá fuerzas en el Espíritu. Buscame y yo estoy. Yo te voy a dar fuerzas para salir adelante y te voy a dar paciencia porque el camino no va a ser corto’. Eso me dijo”.  

    Gonzalo cierra los ojos esta mañana en el estudio de latucumana y lo recuerda todo como la primera vez: “Sin levantar la mirada, le dije a Jesús: ‘Le pido que me dé el don de la alegría porque no quiero transmitirle tristeza a mi madre, a mi esposa, a mi hija. Ahí sentí que Él sonrió, entendí que me concedía ese don y los rayos comenzaron a cambiar de color azul y rojo. Ese recuerdo lo tengo acá, en la piel, para siempre”.

    Gonzalo nos muestra a todos sus tatuajes en el brazo derecho y también nos muestra la cicatriz en el codo derecho, una de las tantas que lo han marcado a fuego: “Durante todo ese tiempo internado no sentía nada en el cuerpo desde los hombros para abajo. Nada. Ni dolor, ni frío, ni calor. La médula une el cerebro con el cuerpo y yo había sufrido una lesión muy grave. Estaba desconectado”.

    Durante días que se convirtieron en semanas y en semanas que se convirtieron en meses, Gonzalo comenzó de a poco su recuperación: “Los médicos comenzaron a reducirme la Nubaina, a dejarme volver a la realidad. En ese lapso hablaba con mi mamá, con mi papá. Le pedía a mi mamá: ‘Quiero estar con ustedes, no quiero que me droguen más’. Pero veía la gotita de Nubaina en el suero y me iba en una nube”.

    “No vas a caminar nunca más”, insistían los médicos. Pero Gonzalo ya había escuchado otras voces: “Nunca jamás dudé de que la única opción en mi vida era curarme. Ni siquiera lo pensé. Sí, iba a fisioterapia, hacía pelotudeces, los médicos me decían que no hiciera más ejercicios, pero no les hice caso: siempre fui autodidacta y me fui por el lado del deporte. Armé un gimnasio en mi casa, mi abuela me regaló un electroestimulador, me lo daba en todo el cuerpo, todos los días, sin consultar, y no paré. También me lesioné por ir más allá, pero siempre fui más allá. ¿Qué más me podía pasar? ¿Quebrarme? ¿Desgarrarme? No. Ya me había quebrado y desgarrado. Entonces comencé a conectarme con el dolor: comencé a dejar que me doliera. Y de repente tenía una buena noticia: había empezado a sentir”. 

    Síndrome del miembro fantasma, espasticidad, ajuste del pie caído, millones de pastillas que lo dejaban bobo, cansado, idiota, sin ganas, sin energías y triste. Así pasaba los días, semanas y meses Gonzalo hasta que se puso de pie: “¿Sabés cómo empecé a pararme? Con mi hermano Rodrigo. Él me cuidaba un par de horas a la semana y yo, cuando mis viejos no estaban, le decía: ‘Rodrigo, vení, ayudame. El papá no te va a retar. No le digás nada’. Así estuvimos en secreto, días, semanas, meses. Mi hermano me levantaba de a poco y cuando un día mi viejo nos descubrió, se sorprendió: ya podía pararme solo”.

    De pie sobre la tierra, Gonzalo Robles volvió al agua, a la fuente de vida que, como tal, lo esperaba con los brazos abiertos para continuar su recuperación: “Con el agua tengo una historia. Nunca le tuve miedo. Ya de pie, iba con el bastón y me largaba al agua. El agua te sostiene. Uno de los guardavidas que es amigo mío me dijo un día: ‘¿Por qué no probás con hidroterapia?’. Le hice caso y luego pasé a la pileta del SEOC, en la calle Congreso. Una profesora me dijo: ‘Che, Gonza, ¿y por qué no nadás?’. Y ahí nado desde hace 10 años”. 

    Después de cuatro años de brazadas, de patadas, Gonzalo terminó de encontrar en el agua la sanación: “El agua fue mi terapia física, mental, emocional y espiritual. Me conecté con Dios a través del agua, de la naturaleza. Y hoy entreno tren superior con pesas, las piernas con mi peso, los martes y jueves hago doble turno en el SEOC y los fines de semana voy al Cadillal para nadar en aguas abiertas”.

    Y son tantas las ganas de vivir de este hombre de 42 años que el próximo 7 de marzo competirá en The Ocean Man, en el dique El Embalse, del valle de Calamuchita, Córdoba, donde nadará 10 kilómetros en aguas abiertas: “El año pasado competí y no me fue bien. Este año, como nos pasa a todos, económicamente la inscripción se me hizo cuesta arriba, pero el manager de la competencia, el español Roberto Marques, me dijo que me regalaba la inscripción en la categoría Inspiración porque yo tenía un mensaje para dar y era el mensaje que estoy dando ahora: desafiarnos día a día”. 

    Con la inscripción confirmada para The Ocean Man, con los pasajes sacados a Córdoba a través de su carnet, con los suplementos vitamínicos sponsoreados por Farmacia Ciudadela, ahora Gonzalo Robles necesita juntar dinero para comprar un traje de neopreno para competir en Córdoba y representar a Tucumán.

    El traje que necesita Gonzalo Robles cuesta alrededor del millón de pesos y por ello, además de su trabajo, maneja un Uber todos los días. A su esfuerzo personal, y con la ayuda de todos, Gonzalo va a juntar el dinero que necesite y va a competir en Córdoba y se va a alojar en Córdoba y va a volver a Tucumán para estar con su familia. Tal como lo revela su historia, esto también está escrito y será así.

    Lo sabe mejor que nadie el propio protagonista, quien deja una reflexión: “A través del agua he conocido a personas de todas las edades que han superado dolencias físicas, emocionales, mentales y duelos. Yo hice un duelo de mí mismo. Insisto: el agua te sostiene. Hay gente a la que le falta un brazo o dos, hay gente a la que le falta una pierna o dos. Esa gente compite, esa gente se desafía. Si esa gente nada, ¿cómo no voy a nadar yo? ¿Cómo no voy a intentarlo yo? ¿Cuál es mi excusa?”.


    El teléfono de Gonzalo es 3813 33-0911 y aquí también les dejamos su Instagram.